miércoles, agosto 03, 2005

1922. El año que rompí conmigo


Cuando conocí a Edwin Chávez fue por circunstancias poco amables: él sería el corrector de mi libro. Es decir, sería ese descuartizador inclemente que podaría las balbuceantes palabras que sobraban de mi primer libro de cuentos. Sin duda, mi actitud incial no pudo ser otra más que la del recelo y de la vanidad conjugados; ¿qué otra cosa se puede esperar del escritor que recién se inicia y que por primera vez se atreve a exhibirse frente a otros? ¿Hacia dónde voltear el rostro cuando llegue el momento de las críticas y los golpes, de los recortes y los párrafos que uno juzgaba precisos ahora tachados, listos a caer en un mejorado olvido? Todo eso era una amenaza: encabezada por mis amigos Luis Hernán y Edwin, dicha amenaza era inminente. No había ya marcha atrás.
Sin embargo, la experiencia de la corrección resultó mucho más grata de lo esperado, por razones que diré más adelante. Digo, todo esto sucedió cuando conocí realmente a Edwin Chávez; pero cuando hablo de conocer, me refiero a conocer como se conoce habitualmente a una persona brillante: en el sentido incómodo de penetrar en la vida de ese otro hasta encasillarse como un parásito en sus anhelos y sus esperanzas, hasta compartir las nuevas experiencias y, en el caso de Edwin, compartir además los deseos e ingratitudes de la labor de un escritor: es decir, cuando comenzamos a torturarnos uno al otro con nuestras presencias extremadamente cotidianas, osea, cuando finalmente nos hicimos amigos.
Pero antes de ese acercamiento, yo ya sabía de Edwin por algunos otros motivos: fuimos alumnos de un peculiar taller de narrativa dirigido por una poeta, y ambos habíamos publicado algunos breves textos en la Colección Underwood que dirige aún Sumalavia. Edwin asistía fervorosamente a las clases de aquel taller, y yo, tonto de mí, veía a mis compañeros con un aire de autosuficiencia del cual poco a poco me he podido desprender. Pero debo reconocer que en un principio, a Edwin también lo observé de aquella informa ingrata, quizás pensando, como todo escritor vanidoso, que sin duda, si me esforzara podría escribir mejor que cualquiera de ellos. Sin embargo, mi mirada hacia Edwin, sesgada desde luego, estaba acompañada de una enorme curiosidad: lo veía, y observaba a un niño –parecía un niño, bueno, ¡¡parece un niño aún!!- con unos referentes muy peculiares frente a los que estaban en ese taller: él hablaba de Lobo Antunes, de Sebald, de Pitol, Bellatín y Bolaño y algunos otros escritores, sumamente buenos, pero lo interesante era la pasión desmedida con que hablaba de ellos. Se emocionaba hasta las lágrimas cuando hablaba de su querido Lobo Antunes; sus ojos brillaban mientras leía Austerlitz de Sebald, y estoy seguro de que alguna vez –claro que esto no lo confesará nunca- debe haber llorado con alguna página de Cortázar o Bolaño. Y esa intensidad para la literatura no solo me sorprendía, sino que a la vez me entusiasmaba, porque de forma declarada él la mostraba ante todos, y yo también deseaba compartir dicho entusiasmo. Puedo decir entonces, que nuestra amistad posterior tiene en la base lo necesario para una amistad intensa –aunque no sé si duradera-: una sana admiración acompañada de una permanente rivalidad. La rivalidad porque también deseamos juntos atravesar este inútil camino de la escritura a pesar de conocer de antemano que no ha de darnos mayores alegrías que las de la escritura misma; y admiración, sí, por las razones mismas que hoy me hacen estar sentado a su lado: el nacimiento de su primer libro y toda su experiencia y conocimientos volcados. Un salto hacia la nada.
De su libro, 1922, pues diré que no solo me ha impresionado, sino que me ha hecho sentir algunos destellos de orgullo en varios pasajes. Sé que esos destellos se harán más intensos y más extensos también con la llegada de nuevos libros de Edwin, pero me parece necesario recalcar que son pocos los primeros libros de algún escritor los que me han deslumbrado y hecho esforzarme más en mi propio trabajo. El caso de este libro de cuentos lo ha hecho, y como el tiempo es breve, mencionaré apenas un par de razones para sostener esto que parece un elogio meramente gratuito, pero que de ninguna forma lo es. Por ejemplo, uno de las características más resaltantes del libro es este afán de dialogar con la tradición desde una perspectiva muy personal: y es que en este libro de cuentos, las figuras de Rilke, Kafka, Proust, y Joyce, por mencionar algunos escritores, se convocan para aparecer en pequeños instantes, marcos, para presentar pequeñas fotografías de sus emociones. Ustedes se preguntarán cómo es posible meter en un mismo saco a tamañas figuras literarias, pero es posible, siempre y cuando no se cometa el error de elevarlos como dioses inalcanzables, sino de domarlos, domesticarlos como las bestias que en realidad fueron: humanos también, a pesar de la opinión de algunos. Y ese es el primer mérito que debo reconocer en el libro de Edwin: no existen figuras idealizadas y retóricas de Joyce ni de Proust ni los antes mencionados, sino que Edwin ha logrado darles, a través de una anécdota diminuta, conferirles humanidad de nuevo:
Curiosamente, unos versos de Rilke me sirven de pronto para graficar este proceso:

“He aquí el animal que no existe./Ellos no lo conocían, pero teniendo en cuenta todo/ -su caminar, su porte, su cuello/ y hasta la luz de su mirada silenciosa- lo amaron"

Para los autores de ficción, como Edwin, estoy seguro de que estos versos describen de alguna forma lo que ellos hacen a diario: intentar que los personajes que crean existan de verdad, que se conviertan en carne, con penas y desgracias también, que sean. Y todo esto es importante, porque en literatura, hasta la infelicidad se inventa.
Lo escrito por Edwin no difiere de algunos otors puntos de vista sobre estos grandes escritores, pero al leer sus cuentos, tengo la impresión de que él ha sido conciente de un hecho que es para mí cada vez más claro: cada lector se encuentra a sí mismo. Creo que nadie lo dudará a estas alturas. El trabajo del escritor consiste entonces en convertirse en una suerte de instrumento óptico que permite al lector discernir sobre algo propio que, sin el libro, quizás nunca hubiese advertido. Allí está entonces la mano firme del escritor que empieza, se tropieza y se levanta. El deseo y la pasión nos hace amar eso que nos hará sufrir. Tropezar de nuevo.
Decir algo más de Joyce o de Proust sería vano; chiquillos enfermizos, al igual que Rilke, llorones y miedosos disfrazados de almas sensibles. Para nadie es novedad que Joyce, a diferencia de la valentía que sentía cuando le escribía obscenidades a Nora Barnacle, se escondía de los truenos y las tormentas como si fuera una rata asustada; o de Proust, lo que habrá sufrido al saber que Alfred Agostinelli, su único amante muere en uno de esos asesinatos a medias: se estrella cuando piloteaba una avioneta que el propio Proust le había regalado. En todo caso, quizás esas experiencias, lo más que hicieron fue activar su afán puntilloso y meticuloso con respecto a lo que en verdad querían de la vida. En los cuentos de Edwin, esos deseos están ocultos ya, camuflados bajo la lupa de la distancia y la sobriedad y es solo la punta del iceberg sentimental de estos desadaptados la que vemos y ustedes verán, y habrán de sentirse conmovidos por lo que retumba bajo esos personajes.
Cada nuevo libro genera una sensación de delicada orfandad, de laboriosa convalecencia. Hay que recuperarse un tiempo y medir luego, a la distancia, el verdadero valor de las páginas ya impresas. Estoy seguro de que algo se ha quebrado en Edwin después de este parto asistido del cual somos testigos. Así se trate de 1922 o de algún otro año representativo para la literatura: el año es al final una excusa, un mero título; lo que vale es la idea final que engloba: 1922, el año que habrá de quebrarte, Edwin, que ha de romper contigo cuando aventures cualquier nuevo proyecto de ahora en adelante, será la obra que habrá de perseguirte de modo eterno como te perseguirá la autocrítica y el afán de superación. Pero allí estará siempre tu libro, como una sombra tras los arbustos, acosándote. Lo más seguro será que detestemos esas sombras, pero, al pensar en el libro de Edwin, otros versos de Rilke me son más precisos: "¿Victorias? ¿Quién habla de victorias? Sobreponerse/ salir airosamente es todo". Que el muro de cada nueva obra, Edwin, labrado a mano desnuda, sea un peldaño más entonces. No hay victorias en este juego. Creo que todo esto ya lo sabes.