miércoles, julio 06, 2005

Batman inicia: la verdadera máscara bajo el rostro


El estreno de la película Batman Inicia ha causado un entusiasmo abrumante para los amantes del cine sobre superhéroes. Atrás quedaron las decepcionantes cintas protagonizadas por el insufrible George Clooney -y su única y desesperante sonrisa- y las disforzadas y superhollywoodenses participaciones de Alicia Silverstone, Jim Carrey, Chris O´donell e incluso del Terminator Schwarzenneger, todos convertidos en modelos de pasarela gracias a sus eróticos y galácticos disfraces que, ridículamente y como novedad, se caracterizaban por mostrar los pezones de cada uno. Un producto evacuable que jamás hizo mérito al apasionante conflicto que sostiene al famoso personaje. Sin embargo, la versión fílmica más aceptada por la crítica ha sido, desde luego, aquella de 1989 dirigida por el no menos famoso Tim Burton. Sin duda, la elaborada visión de este director sobrepasa los propios méritos de su película en la medida en que abre una brecha en la filmografía de superhéroes y le otorga una visión sumamente obscura y violenta al manoseado murciélago. Pero es precisamente por esas razones que la película Batman Inicia ha causado quizás tanto revuelo. La superación del paradigma impuesto por Burton -la de un director que respeta su visión y la persigue a través de la textura de la cinta, el aspecto monocromático y la exploración (a medias) de la sensibilidad de su personaje- se debe, creo, a la acentuación del conflicto dramático que sobrepasa, para mi gusto personal, a cualquier otro personaje de cómic existente. Lo espectacular de las primeras versiones sobre Batman ha sido reemplazado en esta nueva cinta por el drama de un niño que es obligado a abandonar su condición y a enfrentarse abruptamente a una realidad desmesurada e incontrolable de la que apenas tenía conciencia. El rito de pasaje es permanente para Bruce Wayne: al caer en el pozo y ser atacado por los murciélagos, el niño Wayne desciende hacia su propio miedo y es este el que genera el drama que lo atormenta a través de toda su vida; pero, peor aún, es su propia incapacidad de afrontar ese miedo la culpable de la pérdida de sus padres. Es decir, la culpa agolpada de Bruce brotará a borbotones de sus poros a través de toda su vida. Y, como consecuencia inevitable de este proceso, se piensa, es cuando nace ese lado obscuro de su personalidad y se convierte en Batman. Sin embargo, este punto en particular, a raíz de esta película, para mí ha cambiado radicalmente. Ahora sé que Batman, en realidad, no es Bruce Wayne.
¿Quién es Batman realmente? O, mejor aún, quizás la pregunta de rigor es ¿quién interpreta a quién en la dicotomía Bruce/Batman? Mito 1: Bruce Wayne cae en un pozo lleno de bichos y se trauma de por vida. Mito 2: Por culpa de ese miedo obliga a sus padres a salir del concierto de ópera y les encajan un balazo a cada uno de ellos; el trauma se afianza. Mito 3: la imposibilidad de Bruce de luchar contra ese sentimiento de culpa lo vuelve un desadaptado social y luego, después de probar la fría corteza del mundo real, se convierte en un idealista en busca de venganza y justicia -sí, en busca de los dos elementos, no incompatibles en el caso de Bruce-. Mito 4: Bruce se convierte en Batman utilizando la figura de la imagen que lo atormenta, como señala en la película cuando Alfred le pregunta por qué los murciélagos. "Porque me dan miedo", responde Bruce, impasible. "Quiero que mis enemigos compartan también ese miedo".
Sin embargo, de todos estos mitos o creencias ya instaladas, solo me queda decir que todas son ciertas en gran medida, pero todas imprecisas debido a un leve pero medular matiz en la cadena: la saga del personaje de Batman no se trata acerca del acaecimiento y afianzamiento de un trauma en la vida de un niño llamado Bruce Wayne; se trata, simplemente, de la creación y nacimiento del superhéroe. Es este quien interesa finalmente: Bruce wayne, entonces, no es Batman, no se convierte en él. Batman ya estaba allí esperando ser descubierto. Bruce wayne es apenas una excusa para la existencia de Batman. Él existe ya a través de la necesidad del personaje de afrontar cada nueva situación en busca de una inalcanzable venganza disfrazada de sed de justicia. El trauma no ha de resolverse ni sublimarse. En un momento determinado de la película, el personaje de Rachel señala la clave vital para comprender la naturaleza del conflicto de Batman: "No es lo que uno aparenta lo que nos define; es lo que uno hace". Y allí reside el error metodológico en la terapia del superhéroe de ciudad Gótica: cree que la acción es la respuesta, nunca la sublimación. Bruce Wayne no se transforma en Batman por las noches para atrapar maleantes: Batman es quien debe adoptar la figura de Bruce Wayne para sostener su implacable carrera hacia el abismo de sí mismo. No es Batman un súperhéroe entonces, de la manera convencional en que entendemos este concepto, sino que, y aquí reside el valor de este gran personaje, es un hombre que explota las capacidades humanas al extremo en busca de un rostro desfigurado de sí mismo, es decir, en el rostro de cada criminal -recordemos que él estuvo a punto de convertirse en uno-, hampón y enemigo con el que se enfrenta. ¿Cuándo ha de detenerse esa espinosa vía para el hombre murciélago? Unos versos del poeta Renato Sandoval de pronto me vienen a la mente y los creo certeros para la triste condición de este famoso superhéroe: un camino es un camino si es que uno lo detiene, pero una meta si es que nunca se termina. Batman, entonces, no es el héroe que los pequeños ojos admiran dispuesto a recibir toda clase de golpes y toruras por un mundo mejor. No, su rol es mucho más egoísta, y por ello más humano: es un prisionero desfigurado de su propia condición; jamás podría abandonar su altruista misión de combatir el crimen, y esto porque en realidad nunca combate contra él: combate contra sí mismo. Y ya sabemos cuál es la única forma de ganar en esa clase de batallas.