domingo, mayo 08, 2005

Los nadadores



Gracias a ti, Quark , un recuerdo que no sé si llamar triste, me ha venido a la mente. Cuando tenía apenas 12 años -edad terrible y bella a la vez, en la cual duelen mucho más las humillaciones-, competí en las olimpiadas internas de mi colegio representando a mi promoción.
El deporte era natación, y yo, que sabía nadar bastante bien, me aventé a la aventura y, literalmente, a la piscina. Recuerdo de ese día las caras eufóricas de mis amigos, las banderolas en las tribunas de la piscina de mi colegio, a mis porfesores expectantes, algunos con rostros sombríos. La atmósfera era de suspenso justo antes de mi esperada competencia: 50 mts. libre. Recuerdo que subí al podio para lanzarme, y una sensación de escalofrío a causa de la exhibición al estar allí, frente a todos, elevado sobre mis competidores y amigos, fue lo más nítido de ese día.
Varios años después, la broma siempre era la misma, y las variaciones, siempre matizadas con alguna nueva perspectiva, nunca dejaban de sorprenderme. Algunos de mis amigos, ahora ya viejos y medio panzones, con miradas de que la vida se escapa entre los dedos, afirman aún que pude haber ganado; que nadé con gran fuerza, que mi performance fue arrebatadora y mi tiempo fue excelente. No lo fue tanto como para haber podido ganar las olimpiadas generales, pero sí quizás para reanimar el alicaído puntaje de mi promoción. Estos amigos, siempre fieles, luego de afirmar estas cosas, siempre terminan riendo junto a los otros porque la realidad siempre es un contraste infeliz de lo que hubiéramos deseado.
Juro haber escuchado la partida. Juro haber nadado con toda la fuerza de la cual disponía en ese momento de tensión adolescente. Sé que casi me ahogo luego de la vuelta olímpica y admito que sospechaba ya algo extraño antes de llegar a los 40 metros, poco antes de finalizar la carrera. Lo que nunca pude saber con certeza fue lo estruendoso que había sido el intento por detenerme en la carrera por parte de esos amigos, porque ni bien me arrojé en una evidente partida falsa -de la que jamás me percaté-, nadé y nadé y el agua de esa piscina que nunca más he vuelto a ver era el único fondo que yo desaba para esa posible victoria. Victoria que nunca llegó, claro está. Pero sí la humillación al ser sacado de la piscina, la verguenza oculta mientras mis compañeros de promoción me explicaban con sumo detalle que quizás, de haber nadado así en la carrera oficial -para la cual ya no pude competir, ni quería tampoco-, habría podido ganar. El hecho se olvidó algunos meses después. Sin embargo, en esos nefastos reencuentros, siempre sale a la luz, aunque sea brevemente, la funesta anécdota.
En esos momentos, cuando mis amigos se han marchado ya a sus casas a sus vidas civiles y la historia tragicómica ha dado vueltas de nuevo de boca en boca, trato de recordar en qué pensaba ese día cuando nadaba desaforadamente intentando alcanzar una meta inexistente, una meta negada desde un inicio (por mi estúpida partida falsa) pero cuya negación yo no sospechaba. Trato de recordar, y siempre me desconcierta la notoria semejanza con la sensación de ahogo que me produce la escritura. Porque ante la página en blanco, me es fácil recordar ese escalofrío, la humillación posible al salir del agua, y sentir que la carrera, a la cual me entregué con ímpetu y en la cual he lo había dejado todo, nunca sirvió para nada.
Sin embargo, también recuerdo que esa vez yo sonreía bajo el agua. Sonreía -lo he descubierto algunos años después- porque sabía, después de cada férrea brazada, que nunca iba a poder ganar. Bajo ese manto de agua que habría de consolidar una de mis peores humillaciones juveniles, sonreía. Y ahora sé que es, simplemente, porque nunca antes había nadado mejor que en esa inservible carrera. Y solo a mí me importaba.
Posted by Hello

2 Comments:

At 3:56 p. m., Anonymous Anónimo said...

Jajaja. Déjame decirte que yo también acabo de sonreír. Imaginarme en el público, viendo nadar a un muchacho con fuerza y pundonor por las puras, voltear a ver a los contrincantes y percatarse de sus ojos incrédulos, de sus bocas abiertas. Una buena anécdota para relacionarla con la literatura.

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El tío Quark

 
At 10:57 a. m., Anonymous luis said...

bueno, las humillaciones pueden ser estimulantes. lo del temor a la página en blanco es una constante, tiene q ver con la necesidad de escribir, de fijar algo en el papel. pero a veces escribir es más q un ejercicio de los dedos, el pánico no debe estar en no poder llenar una página en blanco. a mi a veces me asusta más haberla llenado. de verdad. y después tener que leer eso. yo sí me siento un mal escritor.

 

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