sábado, abril 16, 2005

De generaciones: bajo la luna crítica, tomémonos de las manos

Qué grato sentir el cobijo de la cadena que ahora nos une a mí y a mis presuntos compañeritos de "generación", tan joven, tan larval, tan a gatas. Y tan inexistente además, como vengo a enterarme en una nota del siempre interesante suplemento Identidades, gracias a la pluma del crítico Ágreda, siempre más listo y anhelante que un boy scout frente a una cuerdita y su nudo posible. Tendré que pensar en la forma más drástica de que esta mención, que para algunos puede ser motivo de oculta satisfacción, no cambie mi forma de ser y comience a pensar que, en realidad, la literatura vale en algo la pena.
Creo que no debemos perder el tiempo mordiéndonos la cola tratando de buscar parentescos -obviamente existentes para cualquier lector mínimamente competente- en nuestros primeros libros. Podría ser nuestro padre Cortázar, es cierto. Sin embargo, sería útil no acudir siempre al mismo referente y quizás habría que leer mejor a Kafka y a Felisberto Hernández; o simplemente ampliar el horizonte y dejar de pensar que convertir a un trío de escritores en una "generación" antes que nadie, va a hacer que el rol de crítico se eleve por sobre la opinión pedestre: a nadie le importan esas tonterías; y si es así, allá ellos, los clonados literarios.
Pero por qué no pensar mejor en lo que mi amigo y escritor Quark propone: pensemos religiosamente en que escribimos mejor que Cervantes; que Bufalino puede competir con él, y, por defecto, nosotros con él; que nuestra brújula es la mera sugestión y escribamos, escribamos, escribamos, hasta que, desde esta posición sobresaliente en que creemos encontrarnos, quizás nuestros libros también lleguen a pensar que superan en algo al silencio. Y se sientan bien escritos, coherentes, luminosos. Los pobres.