jueves, marzo 31, 2005

Mecánica de suelos




Levantarse sospechando del mundo y, desde el precipicio de la cama, estirarse al viento unos minutos como una sábana blanca. Cortar con paciencia de gato la gruesa malla de aire que crece entre esa cama y las demás habitaciones que aún no despiertan. Practicar una vez más la odiosa limpieza general de cavidades y luego encenderse los párpados con cuidado en los espejos del baño; el agua tan fría en los andenes de la espalda para luego soportar el saco y la camisa, esa nueva piel como un hábil disfraz de hombre, la prisión de tela que envuelve eficaz esa otra inhabitable, la de carne.
Presentir el llamado de la escalera, la voz quebrada de cada ángulo del escalón pronunciándose hacia la marea de anteojos y bigotes que anidan en las cabinas de teléfono o entre los bulevares. Andar con paso lento adivinando el adoquín infinito, la masa posible de arena hecha suelo y que ha dormido muy quieta en nuestra calle tan herida y nada cambia entonces, todo permanece, todo navega sobre ese suelo que cae hacia arriba, sobre nosotros y sobre los zapatos lustrados aplastándonos con toda su fuerza, el miserable.
Pero él no sabe que sabemos, ni tampoco nosotros sabemos que él sabe; la comunicación en el ómnibus es contemplarse profundo el ombligo mientras las calles transitan por los ojos. El suelo es una alfombra de nube que permanece quieta y transcurre paciente sin nuestra ayuda hasta que el mundo se agota; y entonces ojalá que su quietud sea cierta, ojalá que en su alocada carrera ese suelo que conocemos caiga entonces por el vacío de las calles aún no construidas, aquellas en las que los obreros se rascan la cabeza y hunden las palas sometiendo por instantes el pelaje de esa bestia; y luego, caminando a la oficina, a uno le crece un llamado en los oídos, una sensación aplastante de que todo va muriendo en silencio frente a nosotros, de que todo agoniza en nuestra mirada de plomo como las casas y el universo se convierte en saludar con deferencia al colega, fundirse al escritorio de mármol y reorganizar nuevamente, un día más, los rostros callados de nuestros calendarios.
Qué castigo entonces ni siquiera poder pensar en nuestras piernas indefensas contra la microscópica partícula bajo la suela, la que ha tenido años para planear el fatídico golpe junto a otras partículas más, más grandes y más nutridas también, seguro; esas que también ríen en silencio entre las hebras de la alfombra de nuestra oficina y no le temen a los diarios ni a las dictaduras de los persistentes enfermizos o de los más profilácticos; pensar que esa bacteria ha logrado esa ventaja estratégica, esa planificación envidiable, mientras uno se lava los dientes con escobillitas absurdas cuyo alcance se acorta más y más cada semana ante la sentencia del espejo del baño .
Y, allí en la oficina, entre castillos de informes, sellos clavando sus dientes en la piel de las hojas, levantamos la vista y la tortura continúa hasta el golpe de las manecillas sobre los ojos. La tarde que aúlla y después se limpia el escritorio, se prepara el trabajo de mañana y uno se despide de ese mismo escritorio, de los colegas y sus horas extra y vuelve callado a naufragar en el río de las avenidas limeñas. Luego se camina pisando ligero la tarde de piedra mientras la calle es un solo grito de flores cortadas, una corriente helada que sube por las medias hasta las rodillas, que nos obliga a caer vencidos en algún parque sin salvación con el termo de café que la señora de la pensión nos ha preparado. Beber a sorbos la vertiginosa marea de rostros que desfilan y que nada sospechan del latido bajo sus pies, una recua de cigarrillos fumándose unos sacos azules y faldas, la aventura de ser ignorado sentado allí en nuestra banca azul de este parque mientras los pájaros circulan civilizados en las olas hirvientes de café que estallan en la lengua, con el museo al lado y el feroz paradero que es un desagüe, una ruta de escape para el anteojo suicida, un obscuro drenaje de ojos que nos devolverá implacable a nuestro origen. Todo eso que son los parques de Lima por la tarde, anda a ver tú qué panorama.
Pero, en ese instante, todo es sentir de pronto el temor que se cristaliza y hay que estarse muy quieto; una luz proveniente del suelo que nadie percibe y la lucha librada en nuestras suelas. La batalla que empieza bajo la banca del parque, el grito de guerra y la conquista pausada de una primera partícula, de una primera voz de mando y luego las tropas de avanzada. Pero todo en silencio, en silencio y sin tregua, como atacan las bacterias siempre camufladas bajo la máscara de docilidad del suelo.
Entonces (ya muy tarde) solo queda sentir las milenarias fuerzas desplegadas moviéndose constantes y cíclicas entre nuestros pasadores, una llamarada intrusa colgada de nuestros vellos más pequeños e indefensos y que va ascendiendo por nuestras venas bajo la mirada ajena de corbatas que desfilan sobre esa masa posible y silenciosa; ver cómo el mundo se agranda hasta caernos encima y escuchar el grito ahogado en nuestros dientes, la triste escobilla que ya nada puede y su mirada extraviada, sin pena. Caerá el mundo sobre edificios como grandes cactus orgullosos y la batalla que perdura ahora y que ha avanzado hasta nuestros muslos; el termo caliente resbalando y muriendo y nadie que sienta el trabajo callado de miles, de millones de partículas consumiéndonos en apenas segundos; el suelo abriendo su gran boca de grieta y succionándonos con voraz eficacia, la tarde aún de piedra y nadie que presienta siquiera el gatillo ya pulsado, el mortífero avance de las tropas que nos atacan devorando nuestro pecho y hombros -luego será el cuello, la boca, los ojos y fin de la historia- que ya penetran en la melodía siniestra de este adoquín infinito, de la escamosa piel de lo que hemos llamado suelo y que va expulsando su verdadera naturaleza, que se va alimentando de nosotros sin piedad hasta extinguirnos mientras el tráfico endurece y se calla; y la lucha perdura hasta que el viento vuelve a ser cómplice, hasta que vuelve a barrer el cíclico rastro de la lucha milenaria y, mientras aún se aleje por el parque el tumulto de nombres y sombreros (porque nada se altera para el gran adoquín infinito), ningún individuo habrá notado nada, ninguno habrá percibido el susurro callado de lo ignorado; nadie volteará hacia esta banca ahora vacía que aún debe de arder por la angustia. Entonces, para otro sombrero, será luchar de nuevo contra la muralla de la sábana blanca, contra el río de la avenidas y el trabajo atrasado; luego un parque como este, una banca azul también como esta solo que es otro rostro sobre las flores, otro que puede ser cualquiera en cualquier lugar del adoquín infinito; otro saco vacío desapareciendo en un parque presa de fuerzas sutiles y ninguna pregunta; otra vez la lucha milenaria en la alfombra de nube, el rumor oculto del suelo y el hambre insaciable de su voraz mecánica, y ningún ojo atento que entienda nada, ninguno que alguna vez sospeche nada mientras él soporta, estratégico, cuando retorcemos con nuestra suela las colillas aún ardientes de los cigarrillos en sus extensos lomos.
Posted by Hello

4 Comments:

At 8:36 a. m., Anonymous jh said...

No está mal el texto, que entiendo aparece en "Los Puertos Extremos", lo que sí considero que se trata de un poema en prosa antes que de un cuento.

 
At 10:23 p. m., Blogger johann page said...

Pues sí, algo de cada uno era lo que inicialmente intente, sr. Jh, sin embargo, en esa clase de peleas, es mejor no meterse. Así que me hice a un lado, apenas a mirar de reojo.

 
At 12:21 p. m., Blogger ultraist transmogrifier said...

Escher no la hizo en el instituto al que postuló a la primera. Cosas que pasan.

 
At 9:09 a. m., Anonymous Anónimo said...

Y la angustia del ojo, y las miradas que ignoran lo que se esconde, lo que se esconde allá adentro y que se calla, que se calla quien sabe por siempre?
¿Dónde?

 

Publicar un comentario

<< Home